Justicia

La mujer que llevaba una ponchera entró a la camioneta van con cierta dificultad.

La dificultad era originada por el peso de la ponchera: adentro llevaba una bolsa de plástico llena de algo imposible de determinar y unos trapos. Los trapos parecían toallas viejas, harapos, pañitos para la limpieza.

Pero la dificultad también era originada por el peso de aquella mujer: caderas inmensas cubiertas por una falda oscura. Piernas portentosas enfundadas en medias de fieltro. Un abrigo muy pesado. Un pañuelo enrollado en la cabeza con infinitas vueltas, como una serpiente dormida en una cesta.

La mujer pesadamente se sentó, puso la ponchera en el pasillo de la camioneta entorpeciendo el paso de los demás pasajeros, y dijo que iba a visitar la tumba del Justo. Un Tzadik – recordé. Como aquel que le “selló” el cuerpo a un personaje de Marcelo Cohen.

Eran las 6 de la tarde, pero en las ventanas empañadas todo era noche. Abriéndose un poco el abrigo y resoplando, la mujer dijo que iría y regresaría en el mismo día.

–  Eso es imposible – intervino uno de los pasajeros – No hay más autobuses después de las 8: 30.

La mujer arrugó la frente, la serpiente enrollada estuvo a punto de despertarse. Con un ligero movimiento de manos, se arregló el pañuelo, aquella mujer, y preguntó por otras posibilidades de salir de aquella ciudad en la que se encontraba la tumba del Justo. Un Tzadik, recordé. Uno que antepone los intereses de los otros a los suyos propios. Uno de los 36.

–  No hay otra forma de salir de allí – dijo otro de los pasajeros – y mucho menos en estos días.

La serpiente quería salir de su cesta. La mujer logró dominarla con otro rápido y efectivo movimiento de manos. El entrecejo arrugado. La noche espesa en la ventana.

– Entonces no viajaré hoy – dijo y se cerró nuevamente el abrigo. Con dificultad recogió la ponchera y encorvada caminó por el pasillo hasta la puerta.

– Pero reservaste un puesto para hoy – dijo el chofer, con voz de demasiados cigarrillos y café turco.

– También reservé para mañana en la mañana – dijo la mujer bajando pesadamente hacia la calle. Sus piernas portentosas, sus caderas.

El puesto de la noche quedó sin pasajeros.

Que se avergonzara de sí misma – gritó el chofer antes de emprender el viaje – ¿Cómo puede ir a llorar en la tumba de un Justo quien no le importa el trabajo ni el dinero ajeno?

Un Tzadik,  recordé.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s