Continencia

Ella tiene unos 65 años. Es tan delgada como un personaje de la entreguerra europea, pero está en algún punto de Buenos Aires. Camina por una calle cuyo nombre desconozco. Voy tomando fotos al azar desde el carro en el que viajamos porque el ritmo lento del tráfico lo facilita. Voy perdida en las puertas, las ventanas, los abastos, los carruajes halados por caballos, cuando de pronto la veo caminando. Vamos un poco desplazados, a unas calles de la calle por donde deberíamos ir. Me gusta eso de estar casi perdidos, pero sabernos en camino. Un poco descolocados. Y está ella allí, caminando, con un traje de entreguerras también, con cara de personaje y boca pintada de terracota. Todos la miramos cuando de pronto se detiene cerca de un paredón sin ventanas, en medio de la acera sola. Todos la vemos levantarse el vestido, doblar un poco las piernas. Su culo blanco de escasas carnes. Un chorro que cae contra la acera oscura. Una mujer que orina casi parada, así, de pronto, con un movimiento que parece repetido muchas veces, un movimiento que parece aprendido en otros tiempos/espacios. Yo guardo mi cámara. La mujer termina lo suyo, se recompone, sigue caminando con su vestido viejo pero decente, su cartera pequeña, su bolsa de mercado.

(De la serie: “Fotos que no pude tomar”)

 

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