Caballito loco

saltamonte verdeDe Ana María Matute sólo había leído un cuento infantil llamado “El saltamontes verde”.

Ayer, ante la noticia de su muerte, lo rememoré vividamente. No recordaba detalles, pero si las sensaciones que me produjo mientras lo leía en voz alta y los ojos asombrados de mis hijos mientras lo escuchaban. Entonces lo busqué en la biblioteca, me senté en la cama de mi hija y anuncié que la escritora de aquel libro había muerto ese día y que me parecía un lindo homenaje que leyéramos esa noche alguno de sus cuentos. Enseguida mi hija se enfurruñó:

–  No leas nada de ese libro, mamá – me dijo – todos son cuentos tristísimos.

Entonces yo, injusta como toda madre, di un discurso que comenzaba diciendo que todos los cuentos no tienen que ser felices. Y terminé con la frase dictatorial:

 –  Pues voy a leer un cuento de este libro en voz alta y lo vas a tener que escuchar aunque no quieras.

Como toda madre, pensaba que estaba dando una enseñanza de vida, cuando la verdad era que estaba siendo egoísta e impositiva. Mi hija se encogió de hombros. Mi hijo se relamió de alegría porque a él le gustan los cuentos terribles. Yo inicié la lectura.

Pero he aquí que comencé a leer uno de los cuentos infantiles más tristes que he leído en mi vida: “Caballito loco”, se llama. Un cuento de otra época, sin las condescendencias de los cuentos actuales, ni las moralejas, ni las catarsis, ni las falsas irreverencias. Mientras nos adentrábamos por sus senderos, conducidos por aquel caballito loco y extremadamente bondadoso, se nos iba encogiendo el corazón sonoramente. Mi hijo predecía: Mamá, esto parece que va a terminar muy mal. Mi hija arrugaba la cara y aguantaba el llanto. Yo seguía leyendo, sopesando incluso brincar algunas frases profundamente desoladoras o crueles.

Insistía mi hijo: Mamá, esto está cada vez peor. Mi hija escuchaba con ojos y orejas conmovidos. Y yo – que minutos antes había dicho que no todo cuento tenía que ser feliz- seguía leyendo porque creía que un final feliz vendría a aliviarnos de aquel sufrimiento. Pero no, el final es el más triste de los finales. No más cerrar el libro, mi hija y yo arrancamos a llorar desconsoladamente.

 –  Tienes razón, hija: hay cuentos que son demasiado tristes- le dije mientras la abrazaba – Son solo palabras, letras puestas sobre un papel, nada más, y mira como nos dejan hechas polvo. ¿Te das cuenta de la fuerza que tienen las palabras?

–  Sí, mamá – me dijo entre llantos. Ella claro que sabía de esa fuerza, por eso no había querido leer ningún cuento de ese libro.

 De pronto, quise saber si mi hijo estaba bien y lo miré. No lloraba.

–  ¿Qué? – me dijo – yo estaba preparado para lo peor.

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