Dientes de oro

dientes de oro

Pregunto si allí hacen fotos para pasaportes y una boca de dientes dorados en medio de aquella minúscula tienda me responde que sí.

– Sí – dice el fotógrafo ruso y deja ver una hilera de dientes de oro.

Entonces me llega como desde otro mundo la expresión “tren delantero”. Todo el “tren delantero” dorado – pienso y no puedo sacar los ojos de ese brillo. Pienso, además, en que no entiendo cómo hubo tantos dientes de oro en la antigua Unión Soviética. Me parece una aporía.

Mis hijos tampoco pueden dejar de mirar el fulgor de aquella sonrisa, entonces les señalo una película en la televisión que está sobre el mostrador para que no molesten al señor, ni a sus dientes, con el asombro impertinente de sus miradas.

Es la película de una boda kitsch en la que un grupo de gente baila con manos alzadas, una especie de zorbaelgriego de los Balcanes, o algo así. Imágenes sin sonido. Ropa dorada como aquellos dientes. Todo se ve extremadamente gastado: vestidos, peinados, caras. Dónde pueden conseguir tales trajes – me pregunto.

– Qué mal bailan todos – dice mi hija en voz alta, pero nadie la entiende porque lo dice en español.
– Qué falta de ritmo – coincido, pues no hace falta escuchar la música para saber que esos movimientos no concuerdan con ninguna cadencia.

Mientras esperamos el turno para las fotos, comentamos ese video estrafalario. Lo comentamos en voz alta, seguros de que nadie allí nos entiende. El señor de dientes dorados habla en ruso con otros clientes.

– Si me concentro – digo – puedo entender palabra aquí/palabra allá de lo que hablan estos señores.
– Yo no entiendo nada de nada – dice mi hijo.
– Dijeron: cigüeña – me río. Tal vez los señores también entienden palabra aquí/palabra allá de lo que decimos. Entienden mal, así como yo escucho “cigüeña” ante cualquier otra palabra.

La boda de la televisión sigue en su éxtasis de oropel mudo. Seguimos mirando mientras esperamos que las fotos estén listas.

– Es una boda de hace veinte años – me dice el señor de los dientes – la estoy pasando de VHS a DVD.
– Ya decía yo que esos trajes estaban un poco fuera de moda – me río con mis dientes de hueso.

Al salir, mi hijo me pregunta si cuando sea grande también tendrá que usar dientes de oro. Pego un brinco estremecido. No – grito- esa es una costumbre antiquísima, de unos pueblos perdidos en lo último de no se sabe donde, por allá por Rusia.

– Una costumbre espantosa – insisto.
– Aquí en Israel no hay pueblos así, “perdidos en lo último de no se sabe dónde”, ¿verdad, mamá? – pregunta mi hija.

No contesto, pero le señalo el pueblo en el que nos encontramos.

– Lo cual no quiere decir que tengan que usar dientes de oro cuando crezcan – concluyo.

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