Peces de paz, peces de guerra

Uno de los motivos por los que voy a esa peluquería es porque hay una pecera.

El asunpezto me resulta muy bellatinesco.

Me fascinan aquellos peces de colores tejiendo el agua de un lado a otro como un presagio que no sé descifrar. Un guiño literario.

También voy porque me queda cerca y porque el peluquero me hace más o menos lo que le pido.

Hoy, mientras esperaba mi turno, noté que la pecera estaba vacía. Entonces aquel salón de belleza se alejó del salón de Bellatin y pasó a ser lo que es: una peluquería que funciona en el medio de una carretera llena de girasoles o de trigo, al lado de una estación de servicio, atendida por su dueño: un peluquero de Kazajistán.

Una peluquería generalmente vacía: muchas veces el peluquero pasa la tarde jugando en un playstation.

Le pregunto por los peces.

Tengo que comprar peces de paz – me responde. Los que estaban allí se comieron los unos a los otros y ahora solo queda uno, escondido entre la escafandra de plástico y las algas. No logro sacarlo y mientras no lo saque, no puedo traer más peces.

Comienza a lavarme el cabello. Trato de recordar qué pasa finalmente con los peces del Salón de Belleza escrito por Mario Bellatín, pero no recuerdo nada. Recuerdo, sí, el destino de los enfermos que iban a morir en aquel moridero.

Peces de paz – repite el peluquero, como quien se lo repite a sí mismo.

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