Casas clausuradas

Cuando tenía seis años, más o menos, abandonamos un apartamento luminoso frente al Ávila y nos mudamos a una ciudad oscura de tanto verde y tanta lluvia. Era la ciudad en la que había nacido mi madre y en la que había vivido hasta la adolescencia. Era en realidad un pueblo lleno de mosquitos y mariposas nocturnas. Un lugar lleno de historias familiares muy viejas. Mi madre nos llevó a la casa en la que había transcurrido su infancia, nos inscribió en la misma escuela en la que ella había estudiado la primaria, nos mostró fotos en las que vestía el mismo uniforme escolar que luego nosotras usaríamos. Feliz, mi madre nos mostró lugares, ríos y casas. Nos llevó a comer dulces en la casa de las mismas viejitas a las que ella solía comprar dulces cuando era niña. Todavía estaban allí, igual de viejitas, casi eternas, todavía hacían dulces para vender, todavía estaban solteras.

Volvimos a aquella ciudad, aunque era la primera vez que mi hermana y yo estábamos allí. Entonces estaban todas esas historias contadas y reencontradas, y esas casas, y esas paredes de bahareque, y esos dulces de nombres trinitarios y esas plazas. Cosas que parecían ser nuestras, pero que nosotras no conocíamos.

Mi padre comenzó a trabajar en un pueblo mucho más pequeño que ese pequeño pueblo en el que vivíamos. Allí había un campo petrolero abandonado, pozos secos, jungla. Regresaba mi padre en las tardes con historias de pájaros, serpientes, cachicamos. Historias que escuchaba allí o que inventaba mientras conducía de regreso a casa. También traía otras historias más terribles que solía contarle sólo a mi madre, mientras se tomaban unas cervezas en la cocina, cuando pensaban que mi hermana y yo estábamos dormidas. Entonces estaban todas esas fábulas entendidas a medias, escuchadas a medias, reales o inventadas, esa mitología, y esos animales inimaginables, y esa selva, y esos pozos secos de petróleo, y esas casas fantasmas, y esos balnearios, y esos ríos que llegaban hasta un mar inaccesible, pero no tan lejano.

 

 

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Una respuesta a Casas clausuradas

  1. José Manuel dijo:

    No sabia esos dotes de espías que tenían ru hermana y tu (jaja)

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