Jardines y estaciones

 

paiseje

Casi ocasiono otro accidente justo en aquel lugar en el que ya hubo un accidente mortal.

 (Aquel pianista y su madre. Aquella sangre sobre el pavimento. Aquella mancha de miedo)

 Justo al cruzar para entrar en la vía subalterna que lleva al lugar en el medio del campo en el que vivo, pude notar la gran ausencia y la suplantación. La valla naranja y verde que rezaba “Los jardines de Salomón” había sido cambiada por una blanca y primaveral: “Cuatro estaciones”. Pegué un grito de espanto. Crucé sin mirar a dónde cruzaba, los ojos clavados en aquellas letras insolentes, en sus flores, sus hojas de parra.

 Hace mil años, cuando llegué a este país, llevé una bandeja llena de carnes humeantes en aquellos jardines, los de Salomón. Hace mil años, vi el exceso y las colillas apagadas en las cremas en esos jardines, los de Salomón. Hace una infinidad de años, había abandonado toda esperanza de dedicarme a alguna labor que tuviese que ver con lo que habia estudiado y me esforzaba con la bandeja llena de carnes y, otras veces, llenas de copas, en aquellos jardines festivos, entre los trajes y la laca. Allí conocí a mis personajes. Allí, en esos jardines, los de Salomón, me dediqué a espiarlos, mirarlos, imaginarlos. Yo, la que no hablaba, la más lenta de todas las mesoneras, la que se sonrojaba con las propinas, cada noche miraba a mis personajes y suponía sus alegrías y sus traiciones. Y en las mañanas, con todo el cuerpo adolorido y las ojeras del insomnio, escribía sus historias, que eran mías porque yo las traducía a esta lengua y las tejía con estas ficciones.

 Cuando los jardines de Salomón se hicieron libro, me gustaba pensar que para llegar a mi casa había que cruzar justo donde una valla inmensa anunciaba con bombos y platillos mi libro. Un chiste demasiado personal pues para leer el libro había que saber español y para leer la valla había que saber hebreo. Un chiste sólo para gente de doble lengua y doble mundo.

 Ahora la valla en la que hay que cruzar para entrar a la carretera angosta que lleva al lugar en el que vivo dice “Cuatro estaciones”. Justo ahora, que mi libro va a ser reeditado.

 Tal vez sea una señal de esas que nunca se llegan a comprender.

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Finales a lo “Scooby-doo”

finalesfinales

Luego de varios días mirando Scooby-doo, durante las vacaciones de verano en Venezuela, mi hijo me dijo, aburrido: “siempre los monstruos son gente mala que se quiere quedar con el dinero o la casa de los buenos”. En ese momento tenía cinco años. Yo miré Sccoby-doo por lo menos hasta los 10 años sin fastidiarme de ese final inmutable en el que siempre los protagonistas desenmascaran al malvado. No obstante, recuerdo cierto hastío en los últimos días.

 En estos días mientras me encontraba en las páginas finales de Extremely Loud & Incredibly Close, de Jonathan Safran Foer, me vino a la cabeza la imagen de mi hijo descubriendo la rígida estructura narrativa de esa serie de dibujos animados, de esos finales repetidos hasta la nausea que ponen en evidencia todos los resortes de la trama. Pero no quiero ser injusta, porque es éste un libro que tiene escenas admirables, personajes entrañables, juegos tipográficos que acompañan a la trama y la enriquecen. Un libro que tiene líneas que emocionan, verdaderamente, pero que a mi juicio pierde mucho de su brillo por culpa de un final explicativo, en el que todo concuerda perfectamente. Un final de esos que dan respuestas a todas las preguntas que uno pueda haberse armado mientras lee. Un final a lo “Scooby – doo.”

 Marcelo Cohen, en una conversación con Ricardo Piglia precisamente sobre finales literarios hace referencia a esos relatos que tienen “una concordancia entre principio, medio y final”, esos que en su opinión “nos alivian de las perspectivas abismales”. Pero en esta novela no hay una concordancia clásica, la trama está mucho más trabajada, armada desde la pluralidad: el tejido recoge múltiples hilos anecdóticos, espacios en blanco, fotos, etc.; por eso sorprende un final de esos que apaciguan. Un final que apaga todos los fuegos. Dice Cohen, refiriéndose a la comedia cinematográfica, “El final es una vuelta a la sensatez, con reconciliación general y escarmiento a los necios y villanos”. Aquí el escarmiento a los grandes villanos no corresponde al héroe, ni está escrito en las páginas de la novela, sin embargo sabemos que fue escrito en la historia, bajo el rótulo de “guerra”. Pero esto no es lo que me interesa comentar aquí. En todo caso, toda la magia y todas las voces son explicadas. Todos los conflictos, solucionados. El final de la novela es, a su manera, un final “feliz” y esclarecedor, acompañado del efecto dramático que le otorgan las fotos de cada uno de los cuadros que componen la célebre escena de un hombre lanzándose desde las Torres Gemelas, antes del desmoronamiento, salvándose pero matándose. Estas fotos están colocadas a la inversa, de modo que el hombre comienza flotando en el aire, va hacia atrás y finalmente entra por la ventana. De esta manera el protagonista quisiera revertir el fluir de los acontecimientos, devolver el tiempo, traer a la vida nuevamente a su padre.

Una imagen dramática, eso sí. Pero todo lo que está antes de esa imagen es un final “feliz” para el lector, claro, que ahora tiene toda la historia ante sí, desplegada como un mapa que no permite quiebres ni dudas.

Yo creo que el asunto de los finales es de lo más complejo porque allí se juega la postura con respecto a la literatura que tiene el autor. Para ponerlo en dos líneas y ultra generalizado: Una literatura “de alivio” apuesta siempre a finales felices, cerrados y definitivos. Una literatura “de molestia” siempre teje finales ambiguos, abiertos, dudosos. Luego están todos los términos medios y, además, los finales estipulados por los géneros, es cierto, pero estos también pueden ser manipulados. No digo que sean preferibles los unos a los otros, sino que a mi me gustan los finales “molestos”.

En esa misma conversación con Marcelo Cohen, Ricardo Piglia se pregunta qué es lo que designa que un relato deba concluir, e inmediatamente se responde con una frase que es para mí como un oráculo y a la vez una receta para escribir los finales que me gustan: en un relato “se aísla el acontecimiento y se infieren – pero no se narran – sus consecuencias.”

En pocas palabras: si lo que vienen son explicaciones de la anécdota que caen por su propio peso, la novela ha debido terminar antes.

Los finales que me gustan no son verdaderos finales, sino inicios de otras historias que no están escritas.  Concecuencias inferidas.  Posibilidades abiertas.  Silencios.

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Justicia

La mujer que llevaba una ponchera entró a la camioneta van con cierta dificultad.

La dificultad era originada por el peso de la ponchera: adentro llevaba una bolsa de plástico llena de algo imposible de determinar y unos trapos. Los trapos parecían toallas viejas, harapos, pañitos para la limpieza.

Pero la dificultad también era originada por el peso de aquella mujer: caderas inmensas cubiertas por una falda oscura. Piernas portentosas enfundadas en medias de fieltro. Un abrigo muy pesado. Un pañuelo enrollado en la cabeza con infinitas vueltas, como una serpiente dormida en una cesta.

La mujer pesadamente se sentó, puso la ponchera en el pasillo de la camioneta entorpeciendo el paso de los demás pasajeros, y dijo que iba a visitar la tumba del Justo. Un Tzadik – recordé. Como aquel que le “selló” el cuerpo a un personaje de Marcelo Cohen.

Eran las 6 de la tarde, pero en las ventanas empañadas todo era noche. Abriéndose un poco el abrigo y resoplando, la mujer dijo que iría y regresaría en el mismo día.

-  Eso es imposible – intervino uno de los pasajeros – No hay más autobuses después de las 8: 30.

La mujer arrugó la frente, la serpiente enrollada estuvo a punto de despertarse. Con un ligero movimiento de manos, se arregló el pañuelo, aquella mujer, y preguntó por otras posibilidades de salir de aquella ciudad en la que se encontraba la tumba del Justo. Un Tzadik, recordé. Uno que antepone los intereses de los otros a los suyos propios. Uno de los 36.

-  No hay otra forma de salir de allí – dijo otro de los pasajeros – y mucho menos en estos días.

La serpiente quería salir de su cesta. La mujer logró dominarla con otro rápido y efectivo movimiento de manos. El entrecejo arrugado. La noche espesa en la ventana.

- Entonces no viajaré hoy – dijo y se cerró nuevamente el abrigo. Con dificultad recogió la ponchera y encorvada caminó por el pasillo hasta la puerta.

- Pero reservaste un puesto para hoy – dijo el chofer, con voz de demasiados cigarrillos y café turco.

- También reservé para mañana en la mañana – dijo la mujer bajando pesadamente hacia la calle. Sus piernas portentosas, sus caderas.

El puesto de la noche quedó sin pasajeros.

Que se avergonzara de sí misma – gritó el chofer antes de emprender el viaje – ¿Cómo puede ir a llorar en la tumba de un Justo quien no le importa el trabajo ni el dinero ajeno?

Un Tzadik,  recordé.

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