Cuenta perdida

refugio

He perdido la cuenta de tantas cosas.

No sé qué día es hoy, ni que fecha. No sé cuántas veces hemos corrido al refugio por causa de la alarma antiaérea, esa que anuncia los cohetes que disparan desde Gaza. No recuerdo qué hacía yo antes de que comenzara todo esto.

Hace unos días fuimos invitados a refugiarnos en un kibutz en la zona de Galilea, a unas dos horas y media del kibutz en el que vivimos. Mis niños, otros niños de su edad, algunas madres voluntarias y yo nos embarcamos en un autobús camino al norte.

Aquel kibutz nos abrió sus puertas. Dormimos en colchonetas en una antigua casa para niños, de la época en la que en los kibutz se estilaba que los niños durmieran juntos, que fuesen criados juntos, mientras los padres avocaban sus energías al trabajo de la tierra.

Limpiamos aquella casa con cloro. En el baño vivía un enjambre de lombrices.

Comimos en el comedor al medio día y en las noches los niños locales se llevaron a nuestros niños a comer en sus casas.

Allí vimos el final del mundial, en un pequeño café que funcionaba en una de las casas. Nos dejaron estar allí sin consumir nada, nos dejaron traer nuestras propias galletas y refrescos. Los niños sumergidos en el fútbol. Las madres revisando sus teléfonos para ver cómo seguía la guerra.

Aunque han caído bombas por todas partes, tal parece que solo quienes vivimos cerca de la frontera con Gaza hemos interrumpido nuestras vidas. Y mejor no hablar de las vidas interrumpidas verdaderamente más allá de la frontera. Qué se puede decir de tanta tristeza.

En aquel kibutz de Galilea las únicas explosiones que se escuchaban eran las de las balas de salva que espantan pájaros que pretenden comerse los peces de un criadero cercano.

Un día nos llevaron a un parque acuático, lleno de toboganes y piscinas. La mitad de los que allí estaban eran árabes de la zona. Quise tomarle una foto a una abuela sentada en una silla de plástico que había metido dentro de la piscina, rodeada de nietos, cubierta con su tradicional turbante, pero no pude. No podía andar con una cámara en la mano si tenía a mi cargo a 5 niños, incluyendo a los míos, todos enloquecidos por el agua, el calor, la emoción de los toboganes. Pero esa imagen de esa abuela se quedó en mi corazón como una esperanza. Seguramente porque soy extremadamente ingenua aquel parque lleno de árabes, aquella abuela rodada de nietos, me dijeron que no todo es odio.

Hay matas de mango en esa zona. Miles. Sembradas ordenadamente. Bajitas, pero llenas de mangos. Tal vez porque el clima es idéntico al de Ciudad Bolivar – me digo y añoro estar a orillas del Orinoco.

Regresamos hace un par de días, creo, he perdido la cuenta en verdad.

Otra vez las alarmas y las explosiones. De aquí para allá, de allá para acá.

Ayer unos cantantes vinieron a cantarnos en un refugio público. Al parecer eran muy famosos, todos cantaban sus canciones, todos estaban conmovidos y maravillados, como se puede ver en la foto. Y como yo soy ingenua, el corazón se me lleno otra vez de esa pequeña alegría que me dice que no todo es odio.

Esa pequeña alegría que me salva de hundirme totalmente en el pantano negro de la desilusión.

Escribo sin gracia. Sólo por referir algunas cosas que hemos pasado en estos días.

Creo que he perdido también las ganas de escribir.

 

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Caballito loco

saltamonte verdeDe Ana María Matute sólo había leído un cuento infantil llamado “El saltamontes verde”.

Ayer, ante la noticia de su muerte, lo rememoré vividamente. No recordaba detalles, pero si las sensaciones que me produjo mientras lo leía en voz alta y los ojos asombrados de mis hijos mientras lo escuchaban. Entonces lo busqué en la biblioteca, me senté en la cama de mi hija y anuncié que la escritora de aquel libro había muerto ese día y que me parecía un lindo homenaje que leyéramos esa noche alguno de sus cuentos. Enseguida mi hija se enfurruñó:

-  No leas nada de ese libro, mamá – me dijo – todos son cuentos tristísimos.

Entonces yo, injusta como toda madre, di un discurso que comenzaba diciendo que todos los cuentos no tienen que ser felices. Y terminé con la frase dictatorial:

 –  Pues voy a leer un cuento de este libro en voz alta y lo vas a tener que escuchar aunque no quieras.

Como toda madre, pensaba que estaba dando una enseñanza de vida, cuando la verdad era que estaba siendo egoísta e impositiva. Mi hija se encogió de hombros. Mi hijo se relamió de alegría porque a él le gustan los cuentos terribles. Yo inicié la lectura.

Pero he aquí que comencé a leer uno de los cuentos infantiles más tristes que he leído en mi vida: “Caballito loco”, se llama. Un cuento de otra época, sin las condescendencias de los cuentos actuales, ni las moralejas, ni las catarsis, ni las falsas irreverencias. Mientras nos adentrábamos por sus senderos, conducidos por aquel caballito loco y extremadamente bondadoso, se nos iba encogiendo el corazón sonoramente. Mi hijo predecía: Mamá, esto parece que va a terminar muy mal. Mi hija arrugaba la cara y aguantaba el llanto. Yo seguía leyendo, sopesando incluso brincar algunas frases profundamente desoladoras o crueles.

Insistía mi hijo: Mamá, esto está cada vez peor. Mi hija escuchaba con ojos y orejas conmovidos. Y yo – que minutos antes había dicho que no todo cuento tenía que ser feliz- seguía leyendo porque creía que un final feliz vendría a aliviarnos de aquel sufrimiento. Pero no, el final es el más triste de los finales. No más cerrar el libro, mi hija y yo arrancamos a llorar desconsoladamente.

 –  Tienes razón, hija: hay cuentos que son demasiado tristes- le dije mientras la abrazaba – Son solo palabras, letras puestas sobre un papel, nada más, y mira como nos dejan hechas polvo. ¿Te das cuenta de la fuerza que tienen las palabras?

-  Sí, mamá – me dijo entre llantos. Ella claro que sabía de esa fuerza, por eso no había querido leer ningún cuento de ese libro.

 De pronto, quise saber si mi hijo estaba bien y lo miré. No lloraba.

-  ¿Qué? – me dijo – yo estaba preparado para lo peor.

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Continencia

Ella tiene unos 65 años. Es tan delgada como un personaje de la entreguerra europea, pero está en algún punto de Buenos Aires. Camina por una calle cuyo nombre desconozco. Voy tomando fotos al azar desde el carro en el que viajamos porque el ritmo lento del tráfico lo facilita. Voy perdida en las puertas, las ventanas, los abastos, los carruajes halados por caballos, cuando de pronto la veo caminando. Vamos un poco desplazados, a unas calles de la calle por donde deberíamos ir. Me gusta eso de estar casi perdidos, pero sabernos en camino. Un poco descolocados. Y está ella allí, caminando, con un traje de entreguerras también, con cara de personaje y boca pintada de terracota. Todos la miramos cuando de pronto se detiene cerca de un paredón sin ventanas, en medio de la acera sola. Todos la vemos levantarse el vestido, doblar un poco las piernas. Su culo blanco de escasas carnes. Un chorro que cae contra la acera oscura. Una mujer que orina casi parada, así, de pronto, con un movimiento que parece repetido muchas veces, un movimiento que parece aprendido en otros tiempos/espacios. Yo guardo mi cámara. La mujer termina lo suyo, se recompone, sigue caminando con su vestido viejo pero decente, su cartera pequeña, su bolsa de mercado.

(De la serie: “Fotos que no pude tomar”)

 

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Jardines y estaciones

 

paiseje

Casi ocasiono otro accidente justo en aquel lugar en el que ya hubo un accidente mortal.

 (Aquel pianista y su madre. Aquella sangre sobre el pavimento. Aquella mancha de miedo)

 Justo al cruzar para entrar en la vía subalterna que lleva al lugar en el medio del campo en el que vivo, pude notar la gran ausencia y la suplantación. La valla naranja y verde que rezaba “Los jardines de Salomón” había sido cambiada por una blanca y primaveral: “Cuatro estaciones”. Pegué un grito de espanto. Crucé sin mirar a dónde cruzaba, los ojos clavados en aquellas letras insolentes, en sus flores, sus hojas de parra.

 Hace mil años, cuando llegué a este país, llevé una bandeja llena de carnes humeantes en aquellos jardines, los de Salomón. Hace mil años, vi el exceso y las colillas apagadas en las cremas en esos jardines, los de Salomón. Hace una infinidad de años, había abandonado toda esperanza de dedicarme a alguna labor que tuviese que ver con lo que habia estudiado y me esforzaba con la bandeja llena de carnes y, otras veces, llenas de copas, en aquellos jardines festivos, entre los trajes y la laca. Allí conocí a mis personajes. Allí, en esos jardines, los de Salomón, me dediqué a espiarlos, mirarlos, imaginarlos. Yo, la que no hablaba, la más lenta de todas las mesoneras, la que se sonrojaba con las propinas, cada noche miraba a mis personajes y suponía sus alegrías y sus traiciones. Y en las mañanas, con todo el cuerpo adolorido y las ojeras del insomnio, escribía sus historias, que eran mías porque yo las traducía a esta lengua y las tejía con estas ficciones.

 Cuando los jardines de Salomón se hicieron libro, me gustaba pensar que para llegar a mi casa había que cruzar justo donde una valla inmensa anunciaba con bombos y platillos mi libro. Un chiste demasiado personal pues para leer el libro había que saber español y para leer la valla había que saber hebreo. Un chiste sólo para gente de doble lengua y doble mundo.

 Ahora la valla en la que hay que cruzar para entrar a la carretera angosta que lleva al lugar en el que vivo dice “Cuatro estaciones”. Justo ahora, que mi libro va a ser reeditado.

 Tal vez sea una señal de esas que nunca se llegan a comprender.

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Justicia

La mujer que llevaba una ponchera entró a la camioneta van con cierta dificultad.

La dificultad era originada por el peso de la ponchera: adentro llevaba una bolsa de plástico llena de algo imposible de determinar y unos trapos. Los trapos parecían toallas viejas, harapos, pañitos para la limpieza.

Pero la dificultad también era originada por el peso de aquella mujer: caderas inmensas cubiertas por una falda oscura. Piernas portentosas enfundadas en medias de fieltro. Un abrigo muy pesado. Un pañuelo enrollado en la cabeza con infinitas vueltas, como una serpiente dormida en una cesta.

La mujer pesadamente se sentó, puso la ponchera en el pasillo de la camioneta entorpeciendo el paso de los demás pasajeros, y dijo que iba a visitar la tumba del Justo. Un Tzadik – recordé. Como aquel que le “selló” el cuerpo a un personaje de Marcelo Cohen.

Eran las 6 de la tarde, pero en las ventanas empañadas todo era noche. Abriéndose un poco el abrigo y resoplando, la mujer dijo que iría y regresaría en el mismo día.

-  Eso es imposible – intervino uno de los pasajeros – No hay más autobuses después de las 8: 30.

La mujer arrugó la frente, la serpiente enrollada estuvo a punto de despertarse. Con un ligero movimiento de manos, se arregló el pañuelo, aquella mujer, y preguntó por otras posibilidades de salir de aquella ciudad en la que se encontraba la tumba del Justo. Un Tzadik, recordé. Uno que antepone los intereses de los otros a los suyos propios. Uno de los 36.

-  No hay otra forma de salir de allí – dijo otro de los pasajeros – y mucho menos en estos días.

La serpiente quería salir de su cesta. La mujer logró dominarla con otro rápido y efectivo movimiento de manos. El entrecejo arrugado. La noche espesa en la ventana.

- Entonces no viajaré hoy – dijo y se cerró nuevamente el abrigo. Con dificultad recogió la ponchera y encorvada caminó por el pasillo hasta la puerta.

- Pero reservaste un puesto para hoy – dijo el chofer, con voz de demasiados cigarrillos y café turco.

- También reservé para mañana en la mañana – dijo la mujer bajando pesadamente hacia la calle. Sus piernas portentosas, sus caderas.

El puesto de la noche quedó sin pasajeros.

Que se avergonzara de sí misma – gritó el chofer antes de emprender el viaje – ¿Cómo puede ir a llorar en la tumba de un Justo quien no le importa el trabajo ni el dinero ajeno?

Un Tzadik,  recordé.

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